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Este relato forma parte de un ejercicio del libro ‘Mientras escribo’ (On Writing) de Stephen King, que sirve como una guía para los que estamos iniciándonos en esto de la escritura. Stephen plantea la premisa de la historia, para que el lector que lo desee lo desarrolle a su manera. Los nombres de los personajes, así como la concepción inicial son de King, así mismo, las situaciones que se presentan, los diálogos, la narrativa y el título de la historia son de mi autoría.

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– Es ella.

Esta frase no tendría ninguna relevancia en otro contexto, como la chica que vio a una amiga a lo lejos, o el padre que reconoció a su hija en la foto de su graduación de secundaria. Pero en este caso, la frase contiene un significado muy diferente para Dick, como una epifanía o una revelación. Realmente era ella.

Eran las 8:00am cuando se preparó un sándwich y se sentó frente al televisor. A través de la ventana que estaba detrás, podía verse hacía la calle frente a la casa. Estaba viendo dibujos animados cuando un escalofrío recorrió su cuerpo. Se levantó en un instante y respiró profundamente… esencia de rosas, no cabía duda. No era que nadie usara esa loción, porque era bastante común, pero ésta no olía de esa manera si no era en la piel de ella. ¿Cómo salió de allí? ¿Escapó?

Tenían 2 años de casados. Prácticamente desde el primer día, Dick se dedicaba a gritarle a su esposa. Al principio por razones específicas, pero luego se fue convirtiendo en una costumbre. Jane no lavó los platos, Jane no sacó la basura, a Jane le quedó la comida demasiado salada, Jane está viendo la telenovela mientras yo quiero ver el partido… Esos gritos se convirtieron en empujones y más tarde en golpes. Él realmente le hacía daño. No le bastaba con golpearla, descargaba toda su furia contra ella. Le hacía sangrar, gritar, suplicar…

Una vez Jane despertó tarde y no pudo prepararle el desayuno a su esposo sin que se retardara para ir al trabajo, así que sólo le sirvió cereal con un poco de leche. Tal fue el enojo de éste, que estampó la cara de Jane sobre el plato, tantas veces como le permitía ella con sus manotazos y rasguños. Pero ella no era fuerte en absoluto, así que él se detuvo sólo cuando vio que todo el contenido del plato se había convertido en una asquerosa sustancia rojo intenso, sumamente viscosa. Jane tenía la cara irreconocible, así que Dick la obligó a quedarse en casa hasta que las marcas desaparecieran.

Otro día, recuerda Dick, quizás por un problema de celos o cualquier otra cosa, que la golpeó en la cara con tanta fuerza, que ella cayó inconsciente casi automáticamente, y su cabeza se estrelló contra el borde de la cama. En unos segundos la sangre inundó la habitación. Él la llevó al hospital diciendo que se desmayó y se golpeó al caer.

Pero todo cambió hace un mes. Dick estaba, como casi todas las noches, viendo el partido, mientras que Jane planchaba la ropa a un lado. El teléfono de ella sonó, y se instaló a hablar durante al menos 15 minutos, interrumpiendo los comentarios de los narradores. El recuerdo de Dick es borroso, pero seguramente la golpeó, como cada vez que perdía los estribos. Lo único que recuerda es a Jane con una ira incontenible, abalanzándose sobre él con la plancha en la mano, estrujándola contra sus brazos, pecho y costado. La cara fue el último lugar donde el objeto ardiente fue a parar, con tanta fuerza y por tanto tiempo, que él perdió el conocimiento. Jane estaba realmente fuera de sí: sus ojos, normalmente verdes, se volvieron oscuros, sus fosas nasales doblaron su tamaño y su boca estaba tensa y bastante abierta. Respiraba entrecortadamente y le gritaba maldiciones a su marido. Un juez la declaró mentalmente incompetente y la refirió a un hospital psiquiátrico por no menos de 1 año.

Así que se escapó. O al menos eso suponía Dick, porque era lo más lógico. Él caminó por toda la sala hacia el espejo que tenían justo al lado de la puerta principal. Su rostro seguía tan rosado y asqueroso como el primer día, a pesar de los esfuerzos de los médicos. Todavía llevaba vendajes en el torso y tomaba calmantes para el intenso dolor. Si Jane estaba de regreso era para un único propósito: venganza.

Dick se apartó del espejo y puso su mano sobre el pomo de la puerta, pero no se atrevía a girarlo. ¿Realmente era ella? ¿O sólo imaginó su olor? Jane formaba parte de cada una de sus pesadillas durante las últimas semanas. Aparecía sin falta, con los mismos ojos oscuros y respiración entrecortada, exclamando maldiciones. En ocasiones con la plancha en la mano, pero la mayoría de las veces su imaginación volaba alto y podía verla con una sierra eléctrica, con un cuchillo, con una escopeta, o con una espada. Y con la misma frecuencia de esas pesadillas, él despertaba empapado en sudor y gritando de miedo. Miedo. Eso era lo que le provocaba Jane. Eso era lo que le salía por los poros, lo que le impedía abrir la puerta.

Dio media vuelta en dirección a la escalera. ¿Qué iba a hacer? ¿Llamar a la policía? Ni en broma. Ya era lo suficientemente humillante tener que salir a la calle y soportar las burlas de todo el vecindario. No. Era su imaginación. Más de una vez creyó oler ese perfume en sueño, pero en esta caso estaba más que despierto. Así que se volteó de nuevo y abrió la puerta sin dudar.

– Hola, cariño – Dijo Jane.

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– Coño, comadre, se me hizo tarde… Es que le estaba preparando el desayuno a los muchachos.

– No le pare bola, Teresita, que yo le estoy guardando aquí el puesto… – Dice María.

– ¿Ha avanzado algo la cola?

– No… es que aún no ha llegado el camión.

– ¿Pero sí llega? – Pregunta Teresita.

– Debe llegar… bueno, así me dijo la negra.

– Sí, la negra también dijo que me iba a fiar el coroto ese de Avon y después me salió cobrando… Además, la semana pasada estuvimos aquí desde la mañanita hasta que se puso oscuro y nunca llegó.

– Si, es verdad. Pero seguro que hoy si llega.

– Tú sabes cómo es, María. Si hoy no llega, no voy a tener qué darle a los muchachos a la noche. Esta mañana gasté el poquitico de harina que me quedaba.

– Bueno, harina yo tengo, yo le puedo dar. Lo que necesito comprar es papel tualé, que se nos acabó ayer.

– ¿Ah, pero también va a llegar papel tualé? – Pregunta Teresita.

– Eso espero. A mi el chino me dijo que llega un camión, pero no sé que traerá.

– De todas maneras hay que esperarlo, porque hacen falta muchas cosas.

– Eso si es verdad…

– Bueno, pero hemos recuperado la patria, comadre, que es lo importante – Dice Teresita seriamente -. También hay que aprender a vivir en la carencia. Después de la patria lo demás es lujo.

– Tiene razón. Aunque cómo hace falta el café, vale…  – comienza a enumerar María-. Y azúcar, que no conseguí en el otro abasto. Mantequilla, y vamos a ver si consigo huevos, porque más allá están ¡carísimos!

– Sí, están muy caros… es que con esos especuladores no se puede. ¡Son unos abusadores!

– Sí, comadre. le han subido como 3 veces al precio como en un año. Ellos haciéndose ricos y uno jodiéndose.

– Lo han subido demasiado. Le deben ganar como el triple de tanto que lo han subido – Dice Teresita.

– Igual que el pasaje. Demasiado caro.

– Gracias a Dios que volvieron a subir el sueldo. Si no uno no podría ni agarrar un bus ni nada…

– Es lo que llaman la inflación…

– ¡Qué inflación ni que nada, María! ¡Esos son los mismos burgueses que odian al pueblo y acaparan los productos y lo ponen todo caro!  Eso de la inflación lo inventaron ellos mismos. Lo aprendieron del imperio, y como tienen el control mediático te bombardean de esa publicidad malévola que te hace creer que este gobierno no es de pinga. No te dejes engañar…

– ¡Son unos fascistas! Y cómo nos odian esos apátridas disociados. – suelta rápidamente Teresita.

– Por eso es que no volverán. Aquí lo que funciona es el socialismo, más nada…

– Es así, comadre. Yo voy un momentico a que Jesús a ver cuándo nos traen el cisterna, que tenemos más de una semana sin agua. Y así aprovecho y voy para que el árabe, a ver en cuánto tiene los televisores, que se me quemó el del cuarto. Me guarda el puestico…

– Vaya con Dios, comadre… ¿y eso que se quemó?

– No sé. Debe haber sido por los apagones, que ya son demasiados, aunque si eso sirve para salvar a la especie humana, yo no me quejo. Además, a veces esas cosas pasan, de repente el televisor de dañó  y ya.

–  ¿Y por qué no pregunta por esos televisores que trae el gobierno? Creo que de Rusia, y están bien baratos.

– ¡No, qué va! ¡Esos son bien malos! Mejor me compro un Samsung – respondió Teresita con una sonrisa en la cara. Acto seguido, dio media vuelta y se fue.

La casa sin fin

Publicado: 27 junio, 2013 en Relatos
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Extraído de www.marcianosmx.com

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Permítanme comenzar diciendo que Peter Terry era adicto a la heroína.
Fuimos amigos en la universidad y siguió siendo después de graduarme. Nótese que dije “graduarme”. Después de haber salido de los dormitorios y en un pequeño apartamento, no vi a Pedro por mucho .Hablábamos en línea de vez en vez . Hubo un período en el que no estaba disponible para cerca de cinco semanas consecutivas. Yo no estaba preocupado. Él era un flojonazo muy notorio y adicto a las drogas, así que supuse que simplemente dejó de preocuparse. Pero una noche lo vi . Antes de que pudiera iniciar una conversación, él me envió un mensaje.

“David, hombre, tenemos que hablar”.

Fue ahí cuando me dijo sobre la casa sin fin. Tenia ese nombre porque nadie, nunca, había logrado llegar a la salida. Las reglas eran simples, hasta parecía un cliché: Logra salir el cuarto final de la casa y ganas $500, nueve cuartos en total. La casa estaba localizada a las afueras de la ciudad, a unos kilómetros de mi casa. Aparentemente él lo había intentado y fallo. Él era adicto a la heroína y quien sabe a que carajo mas, así que pensé que las drogas lo habían puesto a tal grado que habría confundido cualquier papel o cortina con un fantasma o algo así. Él me dijo que era demasiado para cualquiera. Que no era natural. Yo no le creí. Porque habría de hacerlo? Le dije que iría la siguiente noche a ver que pasaba, y sin importar que tan fuerte el trataba de convencerme de cambiar de idea, esos $500 sonaban muy bien a decir verdad, tenia que. Salí la noche siguiente. Esto es lo que pasó.

Cuando llegue, inmediatamente note algo extraño en el edificio. ¿Nunca has visto o leído algo que no debería de dar miedo, pero por alguna razón un escalofrió recorre tu espina? Camine directo al edificio y ese sentimiento solo se intensifico al tiempo que abría la puerta principal.

Mi corazón bajo su ritmo, y un suspiro de alivio escapo de mi cuando entré. El cuarto lucia como un típico lobby de hotel, decorado de Halloween. Había un letrero colocado en esa clase de recepción. Decía: “Cuarto No.1, hacia este lado. Ocho más seguidos, alcanza el final y ganas!”. Me reí entre dientes y comencé a caminar hacia la primera puerta.

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Hace un tiempo, unos cuantos semestres atrás, mientras muchos se llevaban las manos a la cabeza durante la “brillante” (nótese las comillas) exposición de una compañera en la que decía más barbaridades que cualquiera de nosotros con unos palos encima, y mientras yo aprovechaba que ella se volteaba a señalar lo que decían las diapositivas para bucéarmela (lo iba a decir de forma más sutil, ¿pero para qué engañarnos?); recuerdo que una amiga, que estaba sentada a mi lado me dijo “es que definitivamente los caballeros las prefieren brutas”. Cabe destacar que lo de caballero seguramente lo dijo porque es una frase célebre, porque sinceramente, y con la cara con la que me lo dijo, no estaba pensando justamente en referirse a nosotros como eso.

Inmediatamente recordé lo que ocurrió en bachillerato, también durante una exposición (un recuerdo dentro de un recuerdo, es como un post-ception). En este caso el que estaba exponiendo era yo. Y no, no estaba diciendo estupideces, y tampoco me estaban buceando, creo. Habíamos terminado la exposición y estábamos haciendo una especie de dinámica en forma de preguntas sobre cultura general a cambio de premios. Me tocó preguntarle a una chama bellísima, la mami del salón, pues, para no entrar en detalles. La cuestión es que no tenía nada anotado, así que podía buscar alguna pregunta que pudiera responder con facilidad (como si eso me ayudara en algo con ella, pendejadas que creía uno en esa época). Decidí entonces preguntarle, con toda la intención de que respondiera inmediatamente, se llevara su premio y me diera un beso como agradecimiento (jaja). La cosa era, ni más ni menos, “¿cuál es la moneda oficial de Estados Unidos?”. Fino, pues, se la lanzo bombita, ella la batea, le doy su premio, y vivimos felices para siempre…

Nada más lejos de la realidad: la chama se puso de todos los colores, frunció y desfrunció el ceño, apretó y desapretó los labios, la mandíbula, el esfínter, miró hacia los lados, soltó una risita nerviosa y dijo: “ay, ¡no sé!”. Queridos lectores, todo se fue a la mierda, me mordí los labios en busca de no sacarle la madre, y con mi brazo derecho detuve a una compañera que le iba a lanzar un coñazo, lo juro. Respiré profundo y pensé “ok, es una bruta del carajo, está más buena que el idem, pero es una bruta, coño. Como todo el mundo se merece una segunda oportunidad, voy a preguntarle algo más fácil, algo que todos sepamos, que en algún momento de nuestras vidas hemos escuchado por ahí o visto en TV“. Digo, tal vez lo del dólar era muy profundo para ella, es muy posible que nunca hubiera escuchado nada relacionado con eso: ni el barril de petróleo, ni el valor del dólar en bolívares, quizás nunca ha viajado o conocido a alguien que haya viajado fuera de este país. Tal vez no sabía el significado de “moneda” o de “oficial”, o quizás no sabía que carajo son los “Estados Unidos”, que podían ser cualquier cosa: un equipo de fútbol, una marca de motocicletas, o el nombre de la novela de turno de Venevisión. Todas esas posibilidades me llevaban a la misma conclusión “es una maldita bruta, marico, no hay de otra“.

Mi segunda pregunta fue: “¿Cuál es el Director Técnico de la Vinotinto?”. Cuando vi la cara que puso me di cuenta que ahí sí la cagué. Me metí en el terreno que la mayoría de las mujeres no conocen. Si me decía “Richard Páez” igual le daba el premio, porque en ese momento César Farías tenía poco tiempo en el puesto, aunque en absolutamente todos lados se habló de este último como el nuevo seleccionador. Pero con Richard Páez la cosa adquiría otro nivel, es decir, era como si no supieras como se llama el papa, los últimos años estuvieron llenos de noticias con su nombre, aún más allá del ámbito deportivo. Pero nada, tampoco dijo nada, ni siquiera un nombre cualquiera. Prácticamente estuve dispuesto a darle el premio si decía “Juan Arango”, “Ronaldinho” o “Luis Sojo”. Pero no hubo señales de vida en esa cabecita.

Luego de pensar en ese evento de bachillerato, y ver a la chama que estaba exponiendo frente a mi, ahora en la universidad, pensé que esa frase expresa un machismo preocupante, con todo y teniendo en cuenta que en la mayoría de las veces las que la repiten son mujeres. Y por supuesto que nosotros tenemos algo de culpa. Uno ve a una mujer así, de esas que se llevan todas las miradas, y que cuando hablan cumplen la misma función de una poceta (más gráfico imposible), no está pensando en nada más que en lo físico. Prácticamente nos da igual lo que salga de sus bocas, pues en ese momento no estamos pensando en eso. Pero una cosa es cierta: ninguna de estas chamas aguanta más de 5 minutos de conversación, porque su vida no va más allá que lo que tienen en frente: que si el teléfono, las uñas, el pelo, o el maquillaje. Es bastante aburrido, la verdad. Porque a simple vista se ve todo bonito, pero después de la tercera palabra que se cruza con alguna, el encanto se pierde, es como si un hechizo se rompiera.

Con respecto a la pregunta del título, no creo que sea así. Es tan sólo una de esas cosas en las solemos hacer juicios generalizados. Con las dos chamas de las que hablo en este post jamás tuve una conversación de más de tres o cuatro frases, con el tiempo, y como toda atracción superficial, me dejaron de interesar pronto. No puedo responder a esa pregunta tan abiertamente, en principio porque estaría generalizando, y eso es tan incorrecto como inexacto. ¿Los caballeros las preferimos brutas?          

Al menos éste, no.

Presentimientos

Publicado: 29 mayo, 2013 en Relatos
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Extraído del libro Caracas Muerde, de Héctor Torres.

Nadie sabe cómo fue a parar allá. Una madrugada Herminia y sus hijas despertaron con sus ladridos y, al asomarse al balcón, lo vieron. Había quedado atrapado del otro lado de los rieles, en las vías superficiales del Metro, a unas tres cuadras de la estación. Podía ver los eventuales carros y las personas pasar al otro lado de la cerca metálica, pero el instinto le decía que no intentara cruzar el campo minado de los rieles. Caminaba de un lado al otro y ladraba por tandas, cada vez que el hambre, la sed o el miedo le enterraban un poco más el cuchillo de su desconsuelo.

Cinco días después, cada vez más débil y desorientado, seguía en sus periódicas rutinas de ladrar y caminar de un lado al otro, moviendo ansioso la cola, sin que autoridad alguna atendiera los llamados de Herminia que, madre al fin, suplicaba por su rescate.

Estamos resolviendo, le respondían en automatic mode.

El perrito se moría poco a poco, frente a los miles de carros y personas que, a toda hora, formaban parte de ese río desalmado e indiferente que en última instancia le regalaba al paso una breve mirada de curiosidad.

¿Quieren una metáfora más gráfica de lo duro que es estar solo en la ciudad?

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