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Una bicicleta por navidad

Publicado: 26 diciembre, 2014 en Relatos
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NINO-LLORANDO

Carter Mason era un experto en hacerme llorar. Cuando veía la oportunidad de molestarme, lo hacía, y no paraba hasta realmente ver que las lágrimas salían de mis ojos. Y no es que me pegara todo el tiempo (aunque muchas veces lo hacía), sino que siempre decía las palabras correctas para hacerme sentir mal. Carter era mi vecino.

Por eso es que nunca me entusiasmaron las fechas decembrinas. Principalmente por el chico, aunque me cueste admitirlo. Era casi una tradición para él comprarse siempre lo mismo que yo tenía, pero muchísimo más caro. Verás, mi familia era muy pobre (no sé si llamarle familia, cuando realmente a quien me estoy refiriendo es a mi madre) y aunque nunca me faltó mi regalo de Santa, normalmente eran piezas de segunda mano, en bastante mal estado. Como aquel balón de fútbol que estaba todo lleno de parches para tapar los huecos por los que se escapaba el aire. Por supuesto que me emocionaba, y el mismo veinticinco de diciembre me disponía a jugar con él, pero Carter no tardó en aparecer con su lujosísima pelota de cuero y un uniforme entero puesto, con un par de zapatos especializados. Mi sonrisa era lo más sincera posible, pero unos minutos después me encontraba sollozando entre los brazos de mi madre. Ella no decía nada sobre el comportamiento de aquel chico, sólo asentía mientras me escuchaba y me ofrecía sus brazos, aunque en un instante me pareció ver que una lágrima se asomaba por su ojo derecho para volver a esconderse luego. Tal vez sólo eran los efectos de la luz del poste que atravesaban nuestra ventana, y que se reflejaba en su rostro.

Podría contarte varias historias de mis navidades, pero sería como relatar lo mismo una y otra vez: los patines en línea a los que le faltaban las ruedas de adelante (los culpables de esta cicatriz en mi barbilla) y los increíbles patines cromados que trajo Carter no mucho después; el bate astillado de béisbol que perteneció al hijo fallecido de la señora Morgan y que a mi madre tanto le costó negociar a un buen precio, y el kit original completo de guante, pelota y bate, traído directamente de la tienda de souvenirs del estadio de los Yankees. Aún recuerdo su risita socarrona al ver mi cara, y también, que cuando me di la vuelta para beber agua de mi botella, él tomó mi bate y lo partió en dos. Eso no lo olvido y no creo que le haga jamás.

Pero la historia que nos ocupa no es sobre aquellas navidades, sino una un poco más reciente. Una más especial. Fue unos cuantos días antes de nochebuena. Al parecer, a Carter ya le parecía demasiado ordinario el esperar hasta el día de navidad para recibir sus regalos. Así que poco después de la segunda quincena del mes, ya se paseaba por el vecindario con una bicicleta increíble. Era amarilla, y tenía unas líneas negras que le daban un toque especial. Era grande y con unas ruedas gigantescas. Carter llevaba consigo un casco y unas coderas del mismo color. Cuando lo vi, me di cuenta de que no había sentido verdadera envidia hasta ese momento. Recuerdo que apreté los puños hasta tal punto que empezaba a hacerme daño, y sentía algo latiendo en mi cabeza. Mis lágrimas salían a borbotones, y antes de que aquel chico lograra verme, me fui corriendo a mi casa.

Quizás esto no mejoró mucho las cosas, porque igual tuve que seguirlo viendo todos los días. Me miraba y sonreía. Pero no era una sonrisa de complicidad, una sonrisa solidaria o  hasta de lástima. En absoluto. Mi vecino se regocijaba de ver el dolor en mí. Su sonrisa me decía “jamás tendrás algo así”. Y por supuesto que no lo tendría. Ni siquiera comprándola en un negocio de chatarra, mi madre podría haber conseguido una bicicleta a un precio lo suficientemente accesible para su presupuesto. Sin embargo, yo no lo entendía. Yo quería una bicicleta. Quería que ese fuera mi regalo de Santa.

Nunca debí habérselo dicho. Aunque en mi cara jamás me demostró lo que sentía, mi madre no tuvo en cuenta que aquella noche la pasé totalmente en vela oyéndola llorar en silencio. Recuerdo perfectamente haberme quedado viendo el mismo punto en la pared durante toda esa noche, mientras la escuchaba sollozar: el dibujo de un soldadito que había hecho un año antes. Ella no me dio un no, por respuesta. De hecho, me dijo que haría todo lo posible por conseguir la bicicleta, pero reconocí esa mirada al instante y no sólo advertí su resignación, sino también su dolor. En un par segundos supe que no tendría ese obsequio de navidad.

Al día siguiente, Carter me ofreció pasear en su bicicleta un rato si le hacía un favor. Yo accedí inmediatamente, sin pensar. Consistía en buscar un repuesto que él tenía guardado en el cobertizo. Nada difícil, ¿no lo crees? Lo que yo no tuve en cuenta al entrar allí, fue que no había ningún repuesto que buscar. La terrible patada que me propinó el chico en las costillas me dejó tirado en el piso, y aunque grité y le pedí que no cerrara la puerta, la oscuridad se hizo presente y perdí la noción del tiempo y el espacio, mi respiración se hizo más lenta, volví a apretar los puños de nuevo y las lágrimas volvieron a salir de mis ojos. Mis súplicas fueron en vano.

Horas después, y que a mí me parecieron una eternidad, el señor Mason abrió la puerta y me sacó de allí a gritos, diciéndome que dejara en paz a su hijo, y que era una mala influencia para él. Supongo que Carter le habrá dicho algo que hiciera que pensara que yo no estaba en el cobertizo justamente porque él mismo me encerró. Al pasar por la ventana de su casa,  mientras él me daba empujones, vi la bicicleta postrada justo al lado del árbol de navidad. Supongo que los padres le habrán pedido al chico que dejase su regalo allí hasta la mañana del 25. Pero fueron esos instantes en los que vi aquello en la ventana: aquella bicicleta reluciente, grandiosa y ajena, propiedad de un imbécil como Carter, y luego el rostro furioso del señor Mason. Ahí fue que comprendí. ¿Por qué lamentarme tanto por mí, si el del problema no era yo? El problema no era justamente yo.

El veinticuatro por la noche, mi madre y yo cenamos un poco de pavo que ella logró encontrar a buen precio. Estaba algo rancio, pero aún conservaba gran parte de su sabor, y luego nos quedamos un rato hablando de todo un poco, mientras dejábamos que la luz de la luna nos iluminara. No tardamos en irnos a dormir, y unos minutos después, fingí ir a buscar mi linterna en la salita. Ella no opuso resistencia porque sabía lo mucho que le temía a la oscuridad. Pero desvié mi camino hacia la cocina, específicamente hasta el primer gabinete a la izquierda, y luego salí de la casa.

La noche era fría, pero muy iluminada. La luna acompañaba mis pasos hasta la casa de enfrente. Uno, dos, tres escalones hacia arriba, y ya estaba frente a la puerta. Me asomé por la ventana de la izquierda y vi que el recibidor estaba vacío. Ya se habían ido a la cama. Me bastó con abrir sólo un poco la ventana para meter mi cuerpo completamente. Allí estaba, junto al árbol. Pero eso no era lo que estaba buscando, no principalmente. Así que viré hacia mi derecha y subí las escaleras, paso a paso y sin prisas.

Cuando entré a su habitación, pensé que mi corazón se aceleraría como nunca, pero sólo lo hizo levemente, y por muy pocos segundos. Caminé sigilosamente hacia la cama, y cuando estuve lo suficientemente cerca del cuerpo de Carter Mason, alcé el cuchillo y lo hundí de lleno en su garganta, con todas mis fuerzas. No contaba con aquel inmenso chorro de sangré que empapó las sábanas y alcanzó las paredes y el suelo. Por suerte, los pasos que di hacia atrás bastaron para dejar mi ropa inmaculada. ¿Cómo podría explicarle aquello a mi madre?

No tardé en bajar hasta el recibidor de nuevo. Al fin y al cabo, ya había hecho lo que tenía que hacer (y fue más fácil de lo que esperaba), no me interesaba quedarme a ver nada. Admiré el árbol de navidad unos segundos. Nosotros nunca tuvimos uno. Una mueca de desprecio se dibujó en mi rostro mientras veía aquellas luces brillantes, las figuritas y la nieve artificial. Eso no se parecía en nada a mi navidad. Volví a apretar los puños como aquella vez, y mis lágrimas salían sin parar, mientras mi cuerpo temblaba y mi cabeza latía como nunca. Cuando caí en cuenta, ya estaba cruzando la calle con la bicicleta a un lado.

Al llegar, metí la bicicleta por la puerta trasera, y entré a la casa de inmediato. Tal vez mi madre se quedó dormida pronto, como casi siempre, pero era mejor no arriesgarme. Con mucho sigilo, limpié la sangre del cuchillo en el lavaplatos, y lo metí bajo uno de los muebles. Ya mañana me encargaría de esconderlo bien. Al acostarme, me arropé hasta el cuello y abracé a mi madre con fuerza y una enorme sonrisa dibujada en mi cara. Serían unas fechas distintas, de eso estaba seguro. Por primera vez tenía exactamente lo que quería. Ya tenía mi regalo de navidad.

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El Trato

Publicado: 31 octubre, 2014 en Relatos
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La puerta se abrió de par en par antes de que incluso se dispusiese a soplar. Con algo de duda, entró lentamente y caminó algunos metros.

– ¿Estás aquí? –preguntó el lobo feroz.

El cerdito de la casa hecha de paja lo esperaba de pie junto a la pequeña chimenea.

– Sé a qué vienes –dijo éste.

El lobo no dijo una palabra y abrió sus fauces con fiereza abalanzándose sobre el pequeño animal.

– ¡No lo hagas! –gritó éste–. ¡No me comas! Te propongo un trato.

El lobo dudó un segundo y cerró el hocico. Sus garras rodearon el cuello del porcino con fuerza.

– Habla rápido.

– No me comas… –comenzó a decir–. Y te daré a mis hermanos a cambio.

– No hablas en serio –bramó el lobo–.

– Te lo juro. Es un trato.

El lobo negó con la cabeza.

– Puedo conseguirlos a los tres si quiero. Pude haber derribado tu casa en un instante.

– Y probablemente derribarás la segunda casa, lobo. Está hecha de madera y sigue siendo muy débil para la increíble fuerza que tienes al soplar. Pero la tercera casa está hecha de ladrillos, y será imposible derribarla.

– De ladrillos, ¿eh? Muy astuto tu hermano…

– No tanto como yo –dijo el cerdo, esbozando una sonrisa, o al menos mostrando algo parecido a ella dadas sus amorfas facciones porcinas.

 

Cuando el segundo cerdito abrió la puerta de su casa de madera, su hermano entró de inmediato.

– ¡Vamos a la tercera casa! ¡Ahora!

– ¿Pero qué ha pasado? –espetó el segundo hermano.

– ¡Han derribado mi casa! ¡Ha sido el lobo! –chilló el otro–. Vámonos de aquí…

– Pero…

– Estaremos más seguros en la casa de ladrillos. Créeme. Pronto vendrá acá y derribará esta casa.

Ambos hermanos salieron de la casa de madera, rumbo al hogar del tercer cerdito. Tocaron la puerta firmemente, y un segundo después, ésta se abrió.

– Déjanos pasar –dijo el primer cerdito, tocándose inconscientemente el bolsillo de su chaqueta–. El lobo viene por nosotros.

Los dos entraron a la casa de su hermano, pero el primero, el más astuto, entró de último, encargándose de cerrar la puerta sólo lo suficiente para no dejar algún resquicio de luz. El lobo salió de detrás del árbol que le había servido como escondite, y se dirigió a la casa. Tal y como le había dicho el puerco, la puerta no estaba trancada. Sólo bastó un ligero empujón para entrar allí.

El lobo tardó pocos segundos en abalanzarse sobre aquellos animales, devorándolos por completo, primero desprendiendo sus extremidades y saboreándolas una a una. Sólo se levantó cuando destrozó el último hueso, dejando un inmenso charco de sangre en el suelo, junto a un montón de pelos.

Aún limpiando su ropa de sangre y restos de vísceras, advirtió que el primer cerdo, el de la casa hecha de paja, lo miraba desde el sofá. No sabría determinar su rostro, pues sus asquerosos y podridos dientes y su arrugada y sucia nariz no dejaba ver algún indicio de expresión, si es que eso pudiera aplicar a un animal tan inmundo como ese.

– ¿Cómo sabes que no te comeré a ti ahora? –dijo el lobo con una malévola sonrisa.

– No lo sé… Pero prefiero no arriesgarme.

El rechoncho animal sacó un arma de su chaqueta y le disparó al lobo tres veces en la cabeza. Sus sesos salpicaron las paredes, y de su cráneo destrozado brotó tanta sangre, que inundó el lugar en unos segundos, uniéndose con el otro charco de un rojo intenso. El cerdo se levantó y admiró la escena: ya el lobo no sería un problema, y tenía la casa más grande.

Querida mía

Publicado: 7 septiembre, 2014 en Relatos
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No he dejado de pensar en ti. Parece mentira, porque lo que había entre tú y yo desde hace tiempo no es lo mismo. No sé. Supongo que se había enfriado la cosa, ¿no? Supongo que eso pasa en todas las relaciones. Supongo que no somos los únicos que pasamos por esto. Pero ya me encargué de eso.

Al principio me resigné, quizás porque eso era lo que tú querías: alejarnos un tiempo. Pero más tarde comprendí que tú y yo debemos estar juntos. Es nuestro destino. Y el destino es tan caprichoso que por más que creamos que una cosa deba ser de una manera, tiene que ser de otra. El destino es así.

No he dejado de pensar en ti. Tus ojos oscuros e impenetrables, pero a la vez tan transparentes que dejan ver qué hay dentro de ti, no terminan de salir de mi cabeza. Esos ojos, cuyas lágrimas salen tan fácilmente. Esos ojos que tardaron en cerrarse.

Me di cuenta de que somos el uno para el otro, que lo que nos une es más fuerte de lo que crees. Es algo divino, mágico, especial. Es algo que nadie va a entender. Y los comprendo, porque sé que ellos nunca han amado de verdad. No lo entiende tu mamá, que ha pasado todos estos días llorando, ni tus amigas, que me lanzaron miradas acusadoras aquel día que me vieron por accidente, y mucho menos el tipo que me tiene en este lugar. Y ni hablemos de ti, tú mucho menos lo entendías aquel día que decidiste irte a los brazos de aquel imbécil, perra. Por eso te maté. Pero sé que ya lo entendiste, puedo sentirlo en mi corazón, querida mía.

Te ama con locura,

 Adrián.

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Juliette entró en su dormitorio, sonriendo, y un millar de Juliettes le devolvieron la sonrisa. Porque todas las paredes estaban pandadas con espejos, y el techo estaba formado por paneles empotrados que reflejaban su imagen.

Por todos lados donde mirara podía ver los rubios rizos que enmarcaban los rasgos llenos de sensibilidad de un rostro que era una radiante amalgama de niña y ángel; un sorprendente contraste con la rubicunda y carnosa revelación de su cuerpo de mujer bajo la diáfana ropa.

Pero Juliette no se sonreía a sí misma. Sonreía debido a que sabía que el Abuelo estaba de vuelta y le habría traído otro juguete. Dentro de unos momentos sería descontaminado y se lo entregaría, y deseaba estar preparada.

Juliette giró el anillo en su dedo y los espejos se oscurecieron. Otro giro oscurecería enteramente la habitación; un giro en sentido contrario y los espejos volverían a brillar. Todo era cuestión de elegir…, pero ése era el secreto de la vida. Elegir, por el puro placer de hacerlo.

¿Y qué le complacía hacer esta noche?

Juliette avanzó hacia uno de los paneles de espejo y pasó su mano ante él. El cristal se deslizó hacia un lado, revelando una hornacina tras él; una abertura en forma de ataúd excavada en la roca sólida, con la bota de tortura y las empulgueras situadas a sus alturas correspondientes.

Vaciló un momento; no había jugado a ese juego desde hacía años. Otra vez, quizá. Juliette agitó su mano y el espejo se deslizó, cubriendo de nuevo la abertura.

Erró lentamente a lo largo de la hilera de paneles, haciendo gestos a medida que andaba, deteniéndose para inspeccionar uno tras otro lo que había detrás de los espejos. Allí estaba el potro; allí, bien alineados, los látigos de púas colocados contra la oscura madera pulida. Y allí estaba la mesa de disección, con cientos de años de antigüedad, con sus exóticos instrumentos; tras el siguiente panel, los cables y electrodos que producían esas muecas tan extrañas y esas contorsiones de agonía, por no hablar de los gritos. Por supuesto, los gritos no importaban en una habitación a prueba de ruidos.

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ojos mono de peluchea

Los policías no tuvieron ningún reparo en dejarla caer en la silla. No fueron violentos, aunque ella notó algún exceso de fuerza al llevarla desde su casa hasta la comisaría. Aquel cuarto era oscuro y frío, tanto, como  la mesa de metal que tenía frente a ella. De pronto se imaginó en una de esas historias policíacas donde metían al acusado en una habitación similar y lo interrogaban. Pero aquella no era ninguna película, y en dos segundos Érika dejó de imaginar: era real.

Los dos agentes la dejaron sola. Al parecer, no serían ellos los encargados de interrogarla. “Tal vez alguien de mayor jerarquía”, pensó ella. Miró a su alrededor y no vislumbró nada interesante, sólo una silla del otro lado de la mesa y nada más. Por algún lado debía haber una cámara, pero desde allí, y en la oscuridad, no lograba ver el punto en el que se unían las paredes con el techo. Érika seguía temblando, y gruesas gotas de sudor corrían por su cara y se perdían en su escote.

Las luces se encendieron, y bruscamente, como si de ello dependiera su vida, entró el oficial Monsalve. Era un hombre corpulento y de facciones duras. Parecía dispuesto a golpear a quien le mirara a los ojos siquiera. Llevaba en sus manos una carpeta azul, que puso de inmediato sobre la mesa.

– Comisario Paúl Monsalve – dijo estrechándole la mano. Érika no respondió. – No se preocupe por dar su nombre. Yo ya sé quién es.

La chica le dirigió una mirada de reproche. Paúl, con las manos en la espalda, comenzó a caminar a través del cuarto.

– Supongo que ya sabe por qué está aquí.

– No. – respondió Érika secándose las lágrimas.

– ¿No? – dijo él con ironía.

– No. Pensaba que iban a llevarme a acompañar el cuerpo de mi esposo.

– El cuerpo de su esposo. Suena algo sádico.

– Es el hombre con el que he vivido por más de 5 años, comisario. Es lo menos que puedo hacer. Los otros policías me dijeron que los acompañara y… yo pensaba que me llevarían hasta la morgue.

Finalmente se sentó en la otra silla disponible. Abrió la carpeta que estaba sobre la mesa y comenzó a leer con una voz increíblemente fuerte.

– Érika Castillo, 29 años. Casada – el detective carraspeó la garganta. Ella soltó un sollozo –. Ustedes no tenían hijos, ¿cierto? – Ella asintió – Tampoco hay registros de que alguno de ustedes tuviera familiares en esta ciudad. La puerta no tenía signos de violencia y ustedes vivían solos. Además, usted fue la única persona con la que él se comunicó en toda la mañana. Le envió tres mensajes de texto e hizo una llamada.

– ¿De dónde saca usted eso?

– Soy policía – respondió Paúl con una sonrisa – Aunque eso no debería preocuparle porque usted no lo hizo, ¿verdad?

– ¿Cómo dice?

– Usted es la principal sospechosa, señora.

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Las escaleras

Publicado: 12 septiembre, 2013 en Pasa en la vida, Relatos
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Cierro la puerta tras de mí y respiro profundo. Miro hacia arriba y veo que hay una gran grieta en el techo. El pasillo es oscuro y solitario. Son las cinco de la tarde y la mayoría de las oficinas están cerradas. El edificio es de esos cuyas paredes y techo son como de concreto pulido, de un gris muy oscuro. Eso le da un aire sombrío y sin vida. Debo admitir que nunca me ha gustado.

Atravieso el pasillo y cada paso suena cinco veces más que hace cinco minutos. Me pesan las piernas, es como si estuviera en una piscina y tratara de correr… Escucho mi respiración, ¿cuántas veces respiramos por minuto? Prometo buscarlo en Google mientras comienzo a bajar las escaleras… oscuras, para variar. Deslizo mi mano por la barra. No sé por qué, pero siempre me he acostumbrado a hacerlo, aunque fueran las escaleras más cortas del mundo, siempre lo hago. Pero ahora pienso en la cantidad de manos que han pasado por ahí, y los millones de bacterias que habitan en el pasamanos. ¿Podría morir alguien así? Eso no lo voy a buscar en internet porque sé que no voy a morir así. No así.

Dos personas vienen bajando detrás de mí y arrugo el sobre que tengo en mi mano izquierda. No pueden saberlo, no. Es una señora con una muchacha de unos 17, más o menos. Son madre e hija, supongo. La señora la toma de un brazo, quizás demasiado fuerte. Deben venir de donde yo vengo, así que no hace falta ser adivino para saber la razón por la que la madre toma así a su hija, con el mismo sobre en la mano, blanquísimo y con un logotipo azul en una de sus puntas. Es el fin del mundo para ellas, la razón por la que la madre dejaría de hablarle a su hija de por vida, e incluso la causa de que la chica tenga que irse de su casa hoy mismo. Sonreí amargamente ante tal idea. No saben lo que es el fin del mundo, no saben lo que es que todo se te venga encima, sin que nadie esté ahí para apoyarte, hablarte, escucharte…

Definitivamente el tiempo se ha ralentizado, porque sino, no me explico. Soy capaz de ver todos los detalles: el envoltorio de chocolate que algún imbécil dejó caer, el olor a cigarro que percibo, la cucaracha muerta que veo en un rincón, cosas que antes me daban igual, pero que ahora han cobrado una importancia tremenda. Veo todo esto a pesar de lo terriblemente oscuras que son las escaleras y del miedo que me dan. Mientras más quiero que se terminen, más largas me parecen. Pavor, eso es lo que le tengo a las escaleras. Veo gente subir, quizás a buscar unos resultados que se traducirán en algo terrible: tener que tomar algún medicamento o dejar de comer frituras, incluso habrá quién vaya a hacerse unos exámenes de sangre para obtener un puesto de trabajo del que se estarán quejando por el resto de sus días. ¿Qué horrible, verdad? Mientras tanto, veo que las escaleras han llegado a su fin y trago saliva al mismo tiempo que meto en mi bolsillo trasero el nefasto sobre que esconde mi VIH positivo. Trato de ignorar el nudo en mi garganta, pero me doy cuenta de que el miedo que sentía no era a las escaleras en sí, sino a lo que vendría al terminar de bajarlas. El mundo real. Ya es inevitable, las lágrimas comenzaron a salir.