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El Trato

Publicado: 31 octubre, 2014 en Relatos
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La puerta se abrió de par en par antes de que incluso se dispusiese a soplar. Con algo de duda, entró lentamente y caminó algunos metros.

– ¿Estás aquí? –preguntó el lobo feroz.

El cerdito de la casa hecha de paja lo esperaba de pie junto a la pequeña chimenea.

– Sé a qué vienes –dijo éste.

El lobo no dijo una palabra y abrió sus fauces con fiereza abalanzándose sobre el pequeño animal.

– ¡No lo hagas! –gritó éste–. ¡No me comas! Te propongo un trato.

El lobo dudó un segundo y cerró el hocico. Sus garras rodearon el cuello del porcino con fuerza.

– Habla rápido.

– No me comas… –comenzó a decir–. Y te daré a mis hermanos a cambio.

– No hablas en serio –bramó el lobo–.

– Te lo juro. Es un trato.

El lobo negó con la cabeza.

– Puedo conseguirlos a los tres si quiero. Pude haber derribado tu casa en un instante.

– Y probablemente derribarás la segunda casa, lobo. Está hecha de madera y sigue siendo muy débil para la increíble fuerza que tienes al soplar. Pero la tercera casa está hecha de ladrillos, y será imposible derribarla.

– De ladrillos, ¿eh? Muy astuto tu hermano…

– No tanto como yo –dijo el cerdo, esbozando una sonrisa, o al menos mostrando algo parecido a ella dadas sus amorfas facciones porcinas.

 

Cuando el segundo cerdito abrió la puerta de su casa de madera, su hermano entró de inmediato.

– ¡Vamos a la tercera casa! ¡Ahora!

– ¿Pero qué ha pasado? –espetó el segundo hermano.

– ¡Han derribado mi casa! ¡Ha sido el lobo! –chilló el otro–. Vámonos de aquí…

– Pero…

– Estaremos más seguros en la casa de ladrillos. Créeme. Pronto vendrá acá y derribará esta casa.

Ambos hermanos salieron de la casa de madera, rumbo al hogar del tercer cerdito. Tocaron la puerta firmemente, y un segundo después, ésta se abrió.

– Déjanos pasar –dijo el primer cerdito, tocándose inconscientemente el bolsillo de su chaqueta–. El lobo viene por nosotros.

Los dos entraron a la casa de su hermano, pero el primero, el más astuto, entró de último, encargándose de cerrar la puerta sólo lo suficiente para no dejar algún resquicio de luz. El lobo salió de detrás del árbol que le había servido como escondite, y se dirigió a la casa. Tal y como le había dicho el puerco, la puerta no estaba trancada. Sólo bastó un ligero empujón para entrar allí.

El lobo tardó pocos segundos en abalanzarse sobre aquellos animales, devorándolos por completo, primero desprendiendo sus extremidades y saboreándolas una a una. Sólo se levantó cuando destrozó el último hueso, dejando un inmenso charco de sangre en el suelo, junto a un montón de pelos.

Aún limpiando su ropa de sangre y restos de vísceras, advirtió que el primer cerdo, el de la casa hecha de paja, lo miraba desde el sofá. No sabría determinar su rostro, pues sus asquerosos y podridos dientes y su arrugada y sucia nariz no dejaba ver algún indicio de expresión, si es que eso pudiera aplicar a un animal tan inmundo como ese.

– ¿Cómo sabes que no te comeré a ti ahora? –dijo el lobo con una malévola sonrisa.

– No lo sé… Pero prefiero no arriesgarme.

El rechoncho animal sacó un arma de su chaqueta y le disparó al lobo tres veces en la cabeza. Sus sesos salpicaron las paredes, y de su cráneo destrozado brotó tanta sangre, que inundó el lugar en unos segundos, uniéndose con el otro charco de un rojo intenso. El cerdo se levantó y admiró la escena: ya el lobo no sería un problema, y tenía la casa más grande.