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15 años

Publicado: 18 septiembre, 2014 en Pasa en la vida, Relatos
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– Me has golpeado de nuevo –dijo la linda chica entre sollozos.

Él la miraba con dureza. Su semblante estaba rígido y sus manos se cerraban en gruesos puños.

– Te lo merecías –espetó el–. No puedes negarlo.

– Sólo decía que no me gustaba la manera en la que me tratas. A veces tu manera de hacer las cosas es tan…

– ¡No te atrevas a criticarme! ¿Acaso crees que lo hago por dañarte? ¡Lo hago por tu bien! ¡Sabes que tus anteriores novios te trataban muy mal! ¿Y ahora vienes a echarme la culpa a mí? ¡Si lo único que he hecho es amarte! Yo soy quien tú te mereces, yo soy el indicado.

– Amor…

– ¡No me interrumpas! ¡Odio que lo hagas! –gritó él–. No sé por qué no entiendes que todo lo que yo hago es por ti. Sólo por ti. Y que sólo yo puedo hacerte feliz.

– Pero…

– No quiero volver a verte con el vecino de la esquina –dijo su novio, señalándola con el  dedo. Su pulso temblaba.

– ¡Él y yo no tenemos nada! Sólo… –comenzó  a decir ella, pero se interrumpió y rompió a llorar.

– No lo volverás a ver, y punto. Sé que estás pensando en dejarme por él, y no lo permitiré. Te hará daño, mi amor. Él es igual que los demás. Todos son iguales.

– Lo sé. Pero si tan sólo las cosas en la casa pudieran ser distintas. Menos golpes, menos engaños, menos mentiras. A veces las cosas se han puesto difíciles. Y si tal vez te administraras mejor… sólo digo que podríamos tener un poco más de dinero.

– Yo te amo. Y eso es lo que importa. ¿Acaso importa más la comida o los lujos?

– Yo lo sé, pero… creo que no podría seguir viviendo así.

– No te irás a ir… -dijo él con voz suplicante.

– Pensé que contigo las cosas serían diferentes, pero… han pasado 15 años.

– Perdóname, Venezuela –ella lo miró a los ojos al escuchar su nombre–. Voy a cambiar. Esta vez voy a cambiar. Te lo prometo. No me dejes. Confía en mí.

Venezuela seguía mirándolo fijamente. De los ojos de su novio brotaban algunas lágrimas. No soportaba  verlo así. Dio media vuelta, dándole la espalda, pero un segundo después se lanzó a sus brazos, lista para perdonarlo de nuevo.

 

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Publicado: 30 noviembre, 2013 en Pasa en la vida
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Recuerdo uno de los episodios de una de las series que veo a menudo, “New girl”, donde Schmidt y Winston, dos de los personajes, protagonizaron una curiosa situación. Schmidt quería hacerle algo especial a su amigo, por lo que quiso hacer con él “cosas de negro”, lo que según Schmidt, es hablar de una forma determinada, decir groserías, ponerse una boina con los colores rojo, amarillo y verde, y escuchar reggae. Sólo le faltó comer patilla y pollo frito.

Winston, como era de esperarse, hizo una de las suyas, y le siguió la corriente, e incluso le dijo que quería fumar crack, así que Schmidt tuvo que llevarlo a un barrio “de negros” y conseguir la droga. Después de pasar el susto de su vida, Schmidt tuvo que aprender la lección, por las malas, como muchas veces nos pasa en la vida.

EEUU es uno de los países más discriminatorios del mundo. Incluso viendo sus películas, podemos ver cómo piensan los norteamericanos. Todos tienen etiquetas: los negros, los blancos, los europeos, los latinos. Todos estamos segregados en grupos, tenemos gustos y actitudes definidas y formas de pensar determinadas. Los negros se casan entre sí, y así sucesivamente. Así lo ven ellos.

A pesar de esto, los otros no somos mejores, realmente. Quizás los prejuicios cambien de país a país, pero todos ponemos etiquetas. Quizás en Latinoamérica somos algo distintos en cuanto a que dos personas de color de piel distintos se casen, pero somos muy prejuiciosos.

La chica gorda es una vaca que no deja de comer, y la chica de baja estatura es una enana que se escapó de Narnia. Así de crueles somos. Si una persona negra es novia de una blanca, no hay problema, pero nunca falta un desubicado que diga la famosa frase “café con leche”. Recordemos nuestro salón de clases. Es muy difícil que alguien no tuviera sobrenombres. No todos eran ofensivos, pero muchos apodos sólo servían para humillar a su dueño: “cara de….”, “cabeza de…”, “cuerpo de…”. ¿Alguna vez viste que le preguntaran a alguien si quería que le llamaran de esa manera?

Si una chica no es muy agraciada, es un monstruo, y la chica que se considera atractiva, probablemente no tenga problemas, aunque no evita que alguien la llame prostituta o regalada. ¿Quién decide que una persona sea “bonita” o no? ¿Hay un manual para eso?Asimismo, la persona con más posibilidades económicas se presupone la más educada, con más capacidades, es una persona limpia, sin malas intenciones… lógicamente es una persona confiable. ¿Por qué?

Si llevamos esto al ámbito geográfico vemos otras etiquetas. En el caso de Venezuela, los maracuchos son groseros, escandalosos y ordinarios, normalmente la gente se los imagina como unos gordos sudados. El gocho es bruto, sin duda. El llanero es un malhablado y el caraqueño un malandro. Lara es puro monte y en Yaracuy aún no ha llegado el Internet. ¿Y si hablamos de Latinoamérica? Simple. El boliviano es un indio, el colombiano un drogadicto, el argentino un arrogante, el venezolano un pendejo por haberse calado a Chávez y el brasileño se la pasa bailando samba.

En mayor o menor medida, todos somos como Schmidt. Tendemos a señalar con el dedo y hablar de quien consideramos diferente o fuera de lo normal. ¿Qué es lo normal? ¿Quién decide que algo es o no normal? Quizás alguien diga que lo normal es lo más común. Bueno, el humano promedio es un hombre chino de 28 años, soltero y de 1,77m de estatura. Todos los que nos son así serían anormales por definición, ¿o no?

Las escaleras

Publicado: 12 septiembre, 2013 en Pasa en la vida, Relatos
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Cierro la puerta tras de mí y respiro profundo. Miro hacia arriba y veo que hay una gran grieta en el techo. El pasillo es oscuro y solitario. Son las cinco de la tarde y la mayoría de las oficinas están cerradas. El edificio es de esos cuyas paredes y techo son como de concreto pulido, de un gris muy oscuro. Eso le da un aire sombrío y sin vida. Debo admitir que nunca me ha gustado.

Atravieso el pasillo y cada paso suena cinco veces más que hace cinco minutos. Me pesan las piernas, es como si estuviera en una piscina y tratara de correr… Escucho mi respiración, ¿cuántas veces respiramos por minuto? Prometo buscarlo en Google mientras comienzo a bajar las escaleras… oscuras, para variar. Deslizo mi mano por la barra. No sé por qué, pero siempre me he acostumbrado a hacerlo, aunque fueran las escaleras más cortas del mundo, siempre lo hago. Pero ahora pienso en la cantidad de manos que han pasado por ahí, y los millones de bacterias que habitan en el pasamanos. ¿Podría morir alguien así? Eso no lo voy a buscar en internet porque sé que no voy a morir así. No así.

Dos personas vienen bajando detrás de mí y arrugo el sobre que tengo en mi mano izquierda. No pueden saberlo, no. Es una señora con una muchacha de unos 17, más o menos. Son madre e hija, supongo. La señora la toma de un brazo, quizás demasiado fuerte. Deben venir de donde yo vengo, así que no hace falta ser adivino para saber la razón por la que la madre toma así a su hija, con el mismo sobre en la mano, blanquísimo y con un logotipo azul en una de sus puntas. Es el fin del mundo para ellas, la razón por la que la madre dejaría de hablarle a su hija de por vida, e incluso la causa de que la chica tenga que irse de su casa hoy mismo. Sonreí amargamente ante tal idea. No saben lo que es el fin del mundo, no saben lo que es que todo se te venga encima, sin que nadie esté ahí para apoyarte, hablarte, escucharte…

Definitivamente el tiempo se ha ralentizado, porque sino, no me explico. Soy capaz de ver todos los detalles: el envoltorio de chocolate que algún imbécil dejó caer, el olor a cigarro que percibo, la cucaracha muerta que veo en un rincón, cosas que antes me daban igual, pero que ahora han cobrado una importancia tremenda. Veo todo esto a pesar de lo terriblemente oscuras que son las escaleras y del miedo que me dan. Mientras más quiero que se terminen, más largas me parecen. Pavor, eso es lo que le tengo a las escaleras. Veo gente subir, quizás a buscar unos resultados que se traducirán en algo terrible: tener que tomar algún medicamento o dejar de comer frituras, incluso habrá quién vaya a hacerse unos exámenes de sangre para obtener un puesto de trabajo del que se estarán quejando por el resto de sus días. ¿Qué horrible, verdad? Mientras tanto, veo que las escaleras han llegado a su fin y trago saliva al mismo tiempo que meto en mi bolsillo trasero el nefasto sobre que esconde mi VIH positivo. Trato de ignorar el nudo en mi garganta, pero me doy cuenta de que el miedo que sentía no era a las escaleras en sí, sino a lo que vendría al terminar de bajarlas. El mundo real. Ya es inevitable, las lágrimas comenzaron a salir.

“No son nuestras habilidades las que determinan quienes somos, sino nuestras decisiones”. Albus Dumbledore.                                                                ________________________________                                                                                                                                                                                                 

Soy lo que llaman ahora, un Potterhead. Lo digo en inglés porque en español suena horrible. Aunque ese término lo vengo escuchando desde hace poco tiempo. Para otros fui un infantil, nerd, obsesionado o fanático. Y aunque esos términos no me caen bien en absoluto, tampoco formo un drama por eso. Allá cada quien con sus gustos. Yo no puedo criticar al que escucha música distinta a mí, o al que le gustan el tipo de películas que a mí no me agradan. Simplemente porque todos somos distintos en todos los aspectos, y sería imposible, además de aburrido, que a todos nos gustara lo mismo.

Me he leído todos los libros de Potter al menos 3 veces cada uno, y con las películas no puedo llevar la cuenta, pues ya la he perdido. No soy de los que se disfrazan de mago o de mortífago, se ponen pelucas o una cicatriz en la frente, aunque no critico a quien lo haga. Cuando mucho llegué a tener de niño una varita hecha a mano. Solo disfruto plenamente de toda la obra de J.K. Rowling, la creadora de este fantástico mundo.

Esta saga significa mucho más para mí de lo que algunos se imaginan. Crecí leyendo Harry Potter (en adelante HP) y viendo las películas, me hice adolescente y luego adulto, pasé la primaria, el bachillerato y hasta ahora 7 semestres de la universidad. No es que me la pase todo el día pensando en hechizos y encantamientos, no es que mi mente sea un mundo de fantasía y no vea la realidad. HP es también otro tipo de magia.

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Mi instinto asesino despertó cuando escuché aquella frase. Lo miré con ira, pero él no se dio cuenta, así como tampoco pareció enterarse de que lo que acababa de decir me hervía la sangre. “Tus calcetines son lindos”, me dijo. Para empezar, la palabra “lindo”  en la frase, siento que desencajaba un poco, pero lo pasé un poco por alto porque no fue eso lo que originó mis ganas de asesinarle, sino lo de “calcetines”. ¿Quién coño dice calcetines? ¡Estamos en Venezuela, carajo! Aquí les decimos “medias”, así, tal cual, no hay sinónimos, no hay otra forma de llamarles. Les decimos “medias”.

Los chamos que tienen ahora de 12 o 13 años hacia abajo es lo que yo llamo la “generación Discovery Kids”. Podría ser la generación Cartoon Network o qué sé yo, porque el abominable monstruo del imperio mismo tiene mil formas, pero es Discovery Kids quien lleva la mayoría de la culpa de que los niños de hoy en día estén tan… distintos, para no caer en adjetivos más fuertes, y hablando de una forma en la no se habla en ninguna parte de Venezuela. Que así hablan en México, dicen, y es así, pues allí es donde doblan al español casi todas las series y películas que vemos. Por eso es que vemos que los niños de hoy hablan de “coche”, en vez de “carro”, o “césped” en vez de “grama”. Pero lo que no corresponde con ninguna parte de Latinoamérica es la forma en la que hablan, es decir, la entonación que usan no es la misma que el lugar donde viven, sino que simplemente hablan exactamente igual que las series dobladas con “acento neutro”.

Hace unos días, estaba pintando afuera de mi casa, y tenía una escalera plegable en la calle, justo en la acera. Al rato se acerca un niño vecino, no tan pequeño, de unos 11 años, quien pasa por debajo de la misma y me dice “yo no creo en esse falso mito de que uno no puede pasar por debajo de una escalera porque se quedaría sólo”. Yo me quedé con la boca abierta, no por la frase en sí que no tenía nada extraño, sino la forma en la que me lo dijo, es decir, habló como si estuviera en una comiquita, igual como se hace con el doblaje latino y el ya nombrado acento neutro, que como tal no existe, sino que es la única forma de que las productos audiovisuales doblados sean entendidos por todos los latinoamericanos. Lo hubiese cacheteado, no sin antes decirle que dejara de hablar como un anormal, que así no se habla aquí, pero tenía la mano ocupada con el envase de pintura, mala suerte.

Estas son las señales de que su hijo, hermano, primo o lo que sea, forma parte de esta generación Discovery Kids:

  • Si dice alguna de estas frases:

– “Pásame el tarro de las galletas”.

– “¡Mira un arbusto!”.

– “Vamos a jugar en el lodo”.

– “Tengo ganas de comerme una sandía…”.

– “Me voy a poner una playera y unos tenis nuevos”.

– “Quiero comer pastel”.

– “Voy a meter la gaseosa en el refrigerador”.

  • Si habla de “rosa” o “naranja” como colores.
  • Si sustituye el morado por púrpura o violeta.
  • Si se refiere a una canción como “una rola”.

Todo esto, por supuesto, hablando como la gente de los programas doblados y los infomerciales, pronunciando todas las eses, des y jotas como si su vida dependiera de ello.

Si usted, señora madre, señor padre (o usted, querido lector que no tiene hijos pero quiere hacer algo realmente importante y valioso por nuestro mundo y le da flojera andar reciclando papel), que tanto quiere a su niño y desea todo lo mejor para él, si ve en él alguno de los síntomas anteriormente descritos (porque sí, señores, es una enfermedad), no dude lanzarle de inmediato el objeto que tenga en su manos en el momento para hacerle entender muy respetuosamente al niño que se deje de pendejadas y que hable como alguien normal. Si los síntomas continúan, le aconsejo que llame inmediatamente a su médico de confianza para que le aconseje el instrumento de tortura más eficaz.

¡ALERTA PERMANENTE! No dejemos que uno de estos días nuestros niños nos salgan con “¡no manches güey! ¡qué padre!”.

Ayer soñé que vivía en mundo extraño, paradójico.

Los países se enfrentaban “por la paz”… ¿en qué clase de mundo matas a otros buscando paz?

Las religiones insistían en el amor al prójimo, pero dicen que ‘su’ religión es la correcta y que irás al infierno si no crees en lo que ellos creen.

Los políticos hablaban de austeridad, usando trajes que podrían alimentar a una familia por meses, y un reloj que sería una fortuna para cualquier ciudadano promedio.

Ayer soñé que en muchos países la mujer es poco menos que un objeto, y se le prohíben cosas tan absurdas como manejar un auto. Soñé que si no cumplían con esas reglas las violaban, ahorcaban, e incluso quemaban vivas frente a todo el mundo.

En la televisión estaba prohibido decir cualquier palabra relacionada con el sexo, pero hasta la más extrema violencia se mostraba alegremente.

Si cometías un delito, tu pena dependía de una cosa: ¿tienes dinero? ¿apoyas al gobierno?

Era preferible que tu papá le pegara a tu mamá, o a ti. Que fuera un borracho, un ladrón o un asesino… ¿pero ser criado por gays? Eso se consideraba inaceptable.

Soñé que tuve un accidente algo grave, y necesitaba ayuda. La gente hizo un círculo a mi alrededor. Mucha gente en realidad. Pero nadie me ayudaba. Nadie. Todos me grababan con sus teléfonos y decían algo sobre ‘subir el video’.

La violencia era el pan de cada día. La gente estaba muy rara. Por cualquier cosa te sacaban un arma (todos andaban armados, era un sueño muy extraño) y no dudaban en dispararla si les provocaba.

Todos sentían miedo de ver a un policía o un fiscal en la calle, casi tanto miedo como si vieran a un ladrón. No sé por qué, si ellos están ahí para servir a la gente, sin ningún interés, sin ninguna segunda intención.

Lo normal era que el hombre tuviera muchas mujeres, aunque estuviera casado y con hijos. Si un hombre le era fiel a su familia, automáticamente era un “maricón”.

La gente vivía muy mal. No conseguían todos los alimentos, y todo estaba muy caro. Pero nadie decía nada, nadie levantaba la voz, ¿por qué?

Ayer soñé que los hospitales estaban hacinados y era imposible ir a una clínica. La gente debía decidir entre hacer colas interminables para ser atendidos, o quedar  arruinados por ser atendidos de inmediato.

Las palabras respeto, tolerancia, honestidad y solidaridad habían desaparecido del diccionario. Si eras algo de esto, pues eras directamente un “pendejo”.

Había personas que amasaban fortunas de miles de millones de dólares, mientras otros dejaban el pellejo por unos cuantos centavos.

Este mundo era de los audaces, de los intrépidos… no importa a quién se llevaran por delante, o a quién dejaran en el camino. En este mundo no cabía pensar en los demás.

Pero bueno, era sólo un sueño… ¿no? Posiblemente he estado algo estresado los últimos días y por eso he tenido este sueño tan loco, y a la vez tan deprimente y cruel.

Porque nada de esto es real, ¿verdad?

¿Verdad?

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– Coño, comadre, se me hizo tarde… Es que le estaba preparando el desayuno a los muchachos.

– No le pare bola, Teresita, que yo le estoy guardando aquí el puesto… – Dice María.

– ¿Ha avanzado algo la cola?

– No… es que aún no ha llegado el camión.

– ¿Pero sí llega? – Pregunta Teresita.

– Debe llegar… bueno, así me dijo la negra.

– Sí, la negra también dijo que me iba a fiar el coroto ese de Avon y después me salió cobrando… Además, la semana pasada estuvimos aquí desde la mañanita hasta que se puso oscuro y nunca llegó.

– Si, es verdad. Pero seguro que hoy si llega.

– Tú sabes cómo es, María. Si hoy no llega, no voy a tener qué darle a los muchachos a la noche. Esta mañana gasté el poquitico de harina que me quedaba.

– Bueno, harina yo tengo, yo le puedo dar. Lo que necesito comprar es papel tualé, que se nos acabó ayer.

– ¿Ah, pero también va a llegar papel tualé? – Pregunta Teresita.

– Eso espero. A mi el chino me dijo que llega un camión, pero no sé que traerá.

– De todas maneras hay que esperarlo, porque hacen falta muchas cosas.

– Eso si es verdad…

– Bueno, pero hemos recuperado la patria, comadre, que es lo importante – Dice Teresita seriamente -. También hay que aprender a vivir en la carencia. Después de la patria lo demás es lujo.

– Tiene razón. Aunque cómo hace falta el café, vale…  – comienza a enumerar María-. Y azúcar, que no conseguí en el otro abasto. Mantequilla, y vamos a ver si consigo huevos, porque más allá están ¡carísimos!

– Sí, están muy caros… es que con esos especuladores no se puede. ¡Son unos abusadores!

– Sí, comadre. le han subido como 3 veces al precio como en un año. Ellos haciéndose ricos y uno jodiéndose.

– Lo han subido demasiado. Le deben ganar como el triple de tanto que lo han subido – Dice Teresita.

– Igual que el pasaje. Demasiado caro.

– Gracias a Dios que volvieron a subir el sueldo. Si no uno no podría ni agarrar un bus ni nada…

– Es lo que llaman la inflación…

– ¡Qué inflación ni que nada, María! ¡Esos son los mismos burgueses que odian al pueblo y acaparan los productos y lo ponen todo caro!  Eso de la inflación lo inventaron ellos mismos. Lo aprendieron del imperio, y como tienen el control mediático te bombardean de esa publicidad malévola que te hace creer que este gobierno no es de pinga. No te dejes engañar…

– ¡Son unos fascistas! Y cómo nos odian esos apátridas disociados. – suelta rápidamente Teresita.

– Por eso es que no volverán. Aquí lo que funciona es el socialismo, más nada…

– Es así, comadre. Yo voy un momentico a que Jesús a ver cuándo nos traen el cisterna, que tenemos más de una semana sin agua. Y así aprovecho y voy para que el árabe, a ver en cuánto tiene los televisores, que se me quemó el del cuarto. Me guarda el puestico…

– Vaya con Dios, comadre… ¿y eso que se quemó?

– No sé. Debe haber sido por los apagones, que ya son demasiados, aunque si eso sirve para salvar a la especie humana, yo no me quejo. Además, a veces esas cosas pasan, de repente el televisor de dañó  y ya.

–  ¿Y por qué no pregunta por esos televisores que trae el gobierno? Creo que de Rusia, y están bien baratos.

– ¡No, qué va! ¡Esos son bien malos! Mejor me compro un Samsung – respondió Teresita con una sonrisa en la cara. Acto seguido, dio media vuelta y se fue.