Archivos para abril, 2014

Microcuentos

Publicado: 27 abril, 2014 en Relatos
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Hace unos meses participé en un concurso de microcuentos. Se trataba básicamente de crear historias que entraran en 140 caracteres. De más está decir que no gané, y es que hasta el concurso entró en una polémica porque los microcuentos ganadores estaban lejos de ser buenos. Hace poco recordé el concurso y decidí publicar algunos de los microcuentos con los que participé. No sé si son lo suficientemente buenos como para merecer ganar ese concurso, o cualquier otro, pero dejo aquí mis favoritos:

 

– Era tan bella, que inspiraba deseo y odio por igual. ¿Quién iba a pensar que la belleza sería el fin de su existencia.

– Con aquel golpe entendió la lección: “no perdones a quien te ha traicionado otras veces”. Fue lo último que ella aprendió.

– “Es que sólo me buscan por mi físico”, exclamó la chica, ajustándose el escote que le llegaba al ombligo.

– Por cuestiones de espacio, su funeral tuvo que ser allí. Aún recuerdo lo que dijo una vez: “sólo muerta volvería a esta casa”.

– Sus guantes eran de un blanco muy brillante. Lo que nadie sabía, es que esa noche quedarían finamente manchados de sangre.

– La vaca los miraba a todos y mugía, inocente, sin saber que toda la culpa era suya.

– En cuanto se lo expliqué, me ofreció disculpas por la cachetada. Al parecer ella entendía otra cosa por “piloerección”.

– Ella se quedó esperando que él fuera por ella. Él esperaba que ella regresara.

– No puedo decirte todo el tiempo que te amo. – A veces sólo quisiera que me dijeras “estoy aquí” -respondió ella.

– “Necesito plata, sea como sea”, dijo ella. Aún sin saberlo, esa frase sería el inicio de todas sus desgracias.

– Fue así entonces como se dio cuenta de que, después de todo, él podía vivir sin ella.

– Recuerdo que en la entrada del cine decía: “Mamas y bebes gratis”. Así aprendí la importancia del uso de las tildes.

– Así que la relación murió cuando ella se dio cuenta de que si no le escribía, no hablarían nunca.

– Entonces Pedrito entendió que tenía que aprender a mentir mejor.

– Sólo así comprendí, que no era ella, ni era yo. Era su ex-novio y su 9mm.

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Juliette entró en su dormitorio, sonriendo, y un millar de Juliettes le devolvieron la sonrisa. Porque todas las paredes estaban pandadas con espejos, y el techo estaba formado por paneles empotrados que reflejaban su imagen.

Por todos lados donde mirara podía ver los rubios rizos que enmarcaban los rasgos llenos de sensibilidad de un rostro que era una radiante amalgama de niña y ángel; un sorprendente contraste con la rubicunda y carnosa revelación de su cuerpo de mujer bajo la diáfana ropa.

Pero Juliette no se sonreía a sí misma. Sonreía debido a que sabía que el Abuelo estaba de vuelta y le habría traído otro juguete. Dentro de unos momentos sería descontaminado y se lo entregaría, y deseaba estar preparada.

Juliette giró el anillo en su dedo y los espejos se oscurecieron. Otro giro oscurecería enteramente la habitación; un giro en sentido contrario y los espejos volverían a brillar. Todo era cuestión de elegir…, pero ése era el secreto de la vida. Elegir, por el puro placer de hacerlo.

¿Y qué le complacía hacer esta noche?

Juliette avanzó hacia uno de los paneles de espejo y pasó su mano ante él. El cristal se deslizó hacia un lado, revelando una hornacina tras él; una abertura en forma de ataúd excavada en la roca sólida, con la bota de tortura y las empulgueras situadas a sus alturas correspondientes.

Vaciló un momento; no había jugado a ese juego desde hacía años. Otra vez, quizá. Juliette agitó su mano y el espejo se deslizó, cubriendo de nuevo la abertura.

Erró lentamente a lo largo de la hilera de paneles, haciendo gestos a medida que andaba, deteniéndose para inspeccionar uno tras otro lo que había detrás de los espejos. Allí estaba el potro; allí, bien alineados, los látigos de púas colocados contra la oscura madera pulida. Y allí estaba la mesa de disección, con cientos de años de antigüedad, con sus exóticos instrumentos; tras el siguiente panel, los cables y electrodos que producían esas muecas tan extrañas y esas contorsiones de agonía, por no hablar de los gritos. Por supuesto, los gritos no importaban en una habitación a prueba de ruidos.

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