Archivos para febrero, 2014

ojos mono de peluchea

Los policías no tuvieron ningún reparo en dejarla caer en la silla. No fueron violentos, aunque ella notó algún exceso de fuerza al llevarla desde su casa hasta la comisaría. Aquel cuarto era oscuro y frío, tanto, como  la mesa de metal que tenía frente a ella. De pronto se imaginó en una de esas historias policíacas donde metían al acusado en una habitación similar y lo interrogaban. Pero aquella no era ninguna película, y en dos segundos Érika dejó de imaginar: era real.

Los dos agentes la dejaron sola. Al parecer, no serían ellos los encargados de interrogarla. “Tal vez alguien de mayor jerarquía”, pensó ella. Miró a su alrededor y no vislumbró nada interesante, sólo una silla del otro lado de la mesa y nada más. Por algún lado debía haber una cámara, pero desde allí, y en la oscuridad, no lograba ver el punto en el que se unían las paredes con el techo. Érika seguía temblando, y gruesas gotas de sudor corrían por su cara y se perdían en su escote.

Las luces se encendieron, y bruscamente, como si de ello dependiera su vida, entró el oficial Monsalve. Era un hombre corpulento y de facciones duras. Parecía dispuesto a golpear a quien le mirara a los ojos siquiera. Llevaba en sus manos una carpeta azul, que puso de inmediato sobre la mesa.

– Comisario Paúl Monsalve – dijo estrechándole la mano. Érika no respondió. – No se preocupe por dar su nombre. Yo ya sé quién es.

La chica le dirigió una mirada de reproche. Paúl, con las manos en la espalda, comenzó a caminar a través del cuarto.

– Supongo que ya sabe por qué está aquí.

– No. – respondió Érika secándose las lágrimas.

– ¿No? – dijo él con ironía.

– No. Pensaba que iban a llevarme a acompañar el cuerpo de mi esposo.

– El cuerpo de su esposo. Suena algo sádico.

– Es el hombre con el que he vivido por más de 5 años, comisario. Es lo menos que puedo hacer. Los otros policías me dijeron que los acompañara y… yo pensaba que me llevarían hasta la morgue.

Finalmente se sentó en la otra silla disponible. Abrió la carpeta que estaba sobre la mesa y comenzó a leer con una voz increíblemente fuerte.

– Érika Castillo, 29 años. Casada – el detective carraspeó la garganta. Ella soltó un sollozo –. Ustedes no tenían hijos, ¿cierto? – Ella asintió – Tampoco hay registros de que alguno de ustedes tuviera familiares en esta ciudad. La puerta no tenía signos de violencia y ustedes vivían solos. Además, usted fue la única persona con la que él se comunicó en toda la mañana. Le envió tres mensajes de texto e hizo una llamada.

– ¿De dónde saca usted eso?

– Soy policía – respondió Paúl con una sonrisa – Aunque eso no debería preocuparle porque usted no lo hizo, ¿verdad?

– ¿Cómo dice?

– Usted es la principal sospechosa, señora.

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