Sangre en el desayuno

Publicado: 10 julio, 2013 en Relatos
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cereal

Este relato forma parte de un ejercicio del libro ‘Mientras escribo’ (On Writing) de Stephen King, que sirve como una guía para los que estamos iniciándonos en esto de la escritura. Stephen plantea la premisa de la historia, para que el lector que lo desee lo desarrolle a su manera. Los nombres de los personajes, así como la concepción inicial son de King, así mismo, las situaciones que se presentan, los diálogos, la narrativa y el título de la historia son de mi autoría.

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– Es ella.

Esta frase no tendría ninguna relevancia en otro contexto, como la chica que vio a una amiga a lo lejos, o el padre que reconoció a su hija en la foto de su graduación de secundaria. Pero en este caso, la frase contiene un significado muy diferente para Dick, como una epifanía o una revelación. Realmente era ella.

Eran las 8:00am cuando se preparó un sándwich y se sentó frente al televisor. A través de la ventana que estaba detrás, podía verse hacía la calle frente a la casa. Estaba viendo dibujos animados cuando un escalofrío recorrió su cuerpo. Se levantó en un instante y respiró profundamente… esencia de rosas, no cabía duda. No era que nadie usara esa loción, porque era bastante común, pero ésta no olía de esa manera si no era en la piel de ella. ¿Cómo salió de allí? ¿Escapó?

Tenían 2 años de casados. Prácticamente desde el primer día, Dick se dedicaba a gritarle a su esposa. Al principio por razones específicas, pero luego se fue convirtiendo en una costumbre. Jane no lavó los platos, Jane no sacó la basura, a Jane le quedó la comida demasiado salada, Jane está viendo la telenovela mientras yo quiero ver el partido… Esos gritos se convirtieron en empujones y más tarde en golpes. Él realmente le hacía daño. No le bastaba con golpearla, descargaba toda su furia contra ella. Le hacía sangrar, gritar, suplicar…

Una vez Jane despertó tarde y no pudo prepararle el desayuno a su esposo sin que se retardara para ir al trabajo, así que sólo le sirvió cereal con un poco de leche. Tal fue el enojo de éste, que estampó la cara de Jane sobre el plato, tantas veces como le permitía ella con sus manotazos y rasguños. Pero ella no era fuerte en absoluto, así que él se detuvo sólo cuando vio que todo el contenido del plato se había convertido en una asquerosa sustancia rojo intenso, sumamente viscosa. Jane tenía la cara irreconocible, así que Dick la obligó a quedarse en casa hasta que las marcas desaparecieran.

Otro día, recuerda Dick, quizás por un problema de celos o cualquier otra cosa, que la golpeó en la cara con tanta fuerza, que ella cayó inconsciente casi automáticamente, y su cabeza se estrelló contra el borde de la cama. En unos segundos la sangre inundó la habitación. Él la llevó al hospital diciendo que se desmayó y se golpeó al caer.

Pero todo cambió hace un mes. Dick estaba, como casi todas las noches, viendo el partido, mientras que Jane planchaba la ropa a un lado. El teléfono de ella sonó, y se instaló a hablar durante al menos 15 minutos, interrumpiendo los comentarios de los narradores. El recuerdo de Dick es borroso, pero seguramente la golpeó, como cada vez que perdía los estribos. Lo único que recuerda es a Jane con una ira incontenible, abalanzándose sobre él con la plancha en la mano, estrujándola contra sus brazos, pecho y costado. La cara fue el último lugar donde el objeto ardiente fue a parar, con tanta fuerza y por tanto tiempo, que él perdió el conocimiento. Jane estaba realmente fuera de sí: sus ojos, normalmente verdes, se volvieron oscuros, sus fosas nasales doblaron su tamaño y su boca estaba tensa y bastante abierta. Respiraba entrecortadamente y le gritaba maldiciones a su marido. Un juez la declaró mentalmente incompetente y la refirió a un hospital psiquiátrico por no menos de 1 año.

Así que se escapó. O al menos eso suponía Dick, porque era lo más lógico. Él caminó por toda la sala hacia el espejo que tenían justo al lado de la puerta principal. Su rostro seguía tan rosado y asqueroso como el primer día, a pesar de los esfuerzos de los médicos. Todavía llevaba vendajes en el torso y tomaba calmantes para el intenso dolor. Si Jane estaba de regreso era para un único propósito: venganza.

Dick se apartó del espejo y puso su mano sobre el pomo de la puerta, pero no se atrevía a girarlo. ¿Realmente era ella? ¿O sólo imaginó su olor? Jane formaba parte de cada una de sus pesadillas durante las últimas semanas. Aparecía sin falta, con los mismos ojos oscuros y respiración entrecortada, exclamando maldiciones. En ocasiones con la plancha en la mano, pero la mayoría de las veces su imaginación volaba alto y podía verla con una sierra eléctrica, con un cuchillo, con una escopeta, o con una espada. Y con la misma frecuencia de esas pesadillas, él despertaba empapado en sudor y gritando de miedo. Miedo. Eso era lo que le provocaba Jane. Eso era lo que le salía por los poros, lo que le impedía abrir la puerta.

Dio media vuelta en dirección a la escalera. ¿Qué iba a hacer? ¿Llamar a la policía? Ni en broma. Ya era lo suficientemente humillante tener que salir a la calle y soportar las burlas de todo el vecindario. No. Era su imaginación. Más de una vez creyó oler ese perfume en sueño, pero en esta caso estaba más que despierto. Así que se volteó de nuevo y abrió la puerta sin dudar.

– Hola, cariño – Dijo Jane.

Uno, dos, tres golpes en la cara. Dick cayó al piso y comenzó a temblar, pero no era por el dolor, de eso estaba seguro. Jane golpeó a Dick una vez más con el bate, esta vez en las costillas. Él rodó unos metros hacia las escaleras y, como pudo, se incorporó. Antes de que Jane volviera a alzar el bate, él se abalanzó sobre ella. Cayeron los dos al piso. Dick se levantó y fue directo a la cocina, a pocos metros de allí, a la izquierda de las escaleras. Tomó el cuchillo más grande que encontró. Apenas lo había examinado cuando su esposa entró con el bate en alto directo hacia él, quien de inmediato se lanzó al piso y gateó en dirección a la sala, pero dos segundos después sintió el impacto en su espalda. Dick buscó a Jane con sus pies y comenzó a patearle a la altura de los muslos y rodillas, tan fuerte como podía. En lo que ella perdió un poco el equilibrio, él tomó un impulso y la mordió en su pantorrilla, mientras con su mano derecha hundió el cuchillo en el muslo de la misma pierna. Jane soltó un grito desgarrador y lanzó el bate contra su marido pero sólo pudo darle un leve golpe. Dick aprovechó ese segundo y se levantó, alzó el cuchillo y lo introdujo en uno de sus hombros. Jane volvió a gritar, esta vez con más fuerza, mientras sus rodillas caían al suelo y recibía una patada en la cara. Él, blandiendo el cuchillo a la altura de su rostro, lo arrojó hacia la cara de su mujer, pero falló y como respuesta recibió un batazo en el estómago, y luego uno en los genitales, que lo obligó a aferrarse a la mesa que estaba en el centro para no caer. Jane se levantó, con las heridas en su hombro y pierna brotando sangre y le propinó un nuevo golpe con el bate, esta vez en la nuca, dejándolo inconsciente.

Pies, manos y espalda. Dick los sentía aferrados a la silla en la que estaba sentado. Seguía en la cocina. Sólo le veía el dorso a su esposa. Parecía una escena típica de desayuno: él sentado en la mesa esperando que ella terminara de cocinar, si no fuera por la cuerda que rodeaba sus manos y pies descalzos, y la que mantenía su espalda unida al respaldo de la silla. Hizo leves movimientos con sus manos y se dio cuenta de que estaban tan mal atadas que podía zafarse  en un segundo, pero no quiso arriesgarse porque seguramente estaba armada, y según lo que pudo ver, había escondido todo lo que sirviera como un potencial objeto de defensa.

Jane se dio la vuelta. Su cara estaba tan hinchada como aquella vez que cayó inconsciente sobre el borde de la cama, solo que no tenía ninguna herida abierta en la ceja derecha. Aún así esbozaba una sonrisa, tan amplia, tan perfecta, que no podía ser más aterradora. Sus ojos, o al menos lo que se podía observar entre la hinchazón, contenían tal ternura que hicieron estremecer hasta el último centímetro del cuerpo de Dick. Cuando abrió la boca y pronunció las primeras sílabas un escalofrío recorrió toda su espina dorsal.

– El desayuno está listo, cariño.

– N-no… tengo hambre.

– Tienes que comer.

– ¿Qué hora es?

– Tarde. Vas a llegar retrasado nuevamente. Y esta vez no será por mi culpa, amor.

Dick pensaba replicar, pero su esposa dio un manotazo en la mesa, se acercó su marido, se apoyó en los brazos de la silla y puso su cara frente a la de su esposo, tan cerca, que uno respiraba el aire que el otro exhalaba. Él pensaba que iba a gritar, que iban a romperse las ventanas de tal alarido y que sus oídos reventarían. Pero su voz fue incluso más dulce y baja que antes, casi como un romántico (y terrorífico) susurro.

– Come.

Dio media vuelta, tomó el plato y lo puso frente a su esposo. Sólo era cereal con leche. Dick no quiso tardarse demasiado en tomar la primera cucharada, porque no quería escuchar nuevamente esa voz. Sin embargo, dudó un poco, de lo que contenía su “comida”. Dio el primer sorbo con miedo y continuó con los siguientes.

– Desde aquella vez no volví a probar cereal.

Dick la miró con los ojos muy abiertos.

– Era mi desayuno favorito. Ahora cada vez que veo, incluso pienso en un plato de cereal, sólo de me dan náuseas. Pienso en aquel plato con sangre, y el aliento se vuelve sangre, el aire se vuelve sangre…

Jane hizo una pausa, y Dick tomó otra cucharada para no mirarla, pero se le hizo imposible tragar.

– Mis pensamientos se vuelven sangre.

cereal 2

 Al instante, Jane tomó a su esposo por la parte de atrás de la cabeza y le empujó hacia el plato, pero Dick se resistió. Forcejearon unos 5 segundos y ella lo soltó. Apenas él tomó aire cuando una gran tabla de picar vegetales le dio de lleno en la cara, no una, ni dos, si no al menos cinco veces, rompiéndole la nariz.  La sangre salió a chorros y cayó sobre el cereal. Dick miró alrededor y no vio a su esposa, trató de ver hacia atrás y no había rastros de su ella. Si verla le aterraba, no verla le hacía temblar.

Dos minutos después, volvió con gran envase con agua. Él lo reconoció en seguida: era una especie de bañera que su esposa usaba para meter sus pies. Con un jalón desató los de su marido y los metió en ella. Luego puso una caja sobre la mesa, y sacó un secador de pelo. Dick recordó habérselo regalado en enero del año anterior, justo después del incidente con la cama, como un intento de que ella lo perdonara, y al mismo tiempo, no llamara a la policía. Era de un color rosado chillón que le desagradaba mucho. ¿Pero qué hacía el secador allí? No fue hasta que vio que Jane lo conectaba a una extensión cuya otra punta no lograba ver, pero seguramente venía de la sala, cuando la certeza cayó sobre él. Jane no decía nada, pero su sonrisa bastaba. Alzó el secador frente a su cara.

– Come – dijo.

Dick miró la repugnante cosa roja en la que se convirtió el cereal y luego a Jane. Las arcadas no se hicieron esperar.

– Quizás así sientas una mínima parte de lo que yo sentí en meses – dijo ella y luego agregó – … amor.

Jane balanceó peligrosamente el secador sobre el agua en los pies de Dick.

– Uno… – Dick no se movió – dos… – Aún seguía paralizado – tres.

Jane mostró una gran sonrisa y soltó el secador, que cayó estrepitoso sobre al agua. Él gritó como nunca y se sacudió sobre la silla. El agua cayó sobre su cara y torso. Estaba temblando aún más que antes, respiraba de forma entrecortada y miraba a su esposa fijamente con mucho miedo, y más allá, con rabia: no pasó nada.

Jane soltó una sonora carcajada que debió haber retumbado en las paredes de los vecinos. Reía y reía, señalando el suelo, donde estaba el secador dentro de la bañera, luego veía el rostro de su marido y reía aún más. Dick quería taparse los oídos, morirse en ese mismo instante. Cerró los ojos intentando imaginarse en otro lugar, quizás pensar que eso no estaba pasando. Cuando los abrió, Jane estaba apuntándolo con un arma justo en la frente. Él comenzó a llorar y gritar.

– ¡No lo hagas! ¡No!

Jane lo miraba y sonreía.

– Si… si me matas no volverás al hospital, sino a la cárcel. ¿eso quieres? – Dijo Dick, que siguió sollozando.

Jane lo miró fijamente.

– No quiero que me perdones… sólo déjame vivir, Jane. – Dick gritaba. Su llanto era incontrolable.

– Cállate… ¡cállate! – dijo ella. Aún seguía apuntándolo.

Él sólo repetía <<¡déjame vivir!>> una y otra vez entre sollozos y gritos, pataleaba sobre la bañera con agua y sacudía con fuerza los brazos. Jane lo tomó por los hombros y lo sacudió, lo tomó de la cara y vio en sus ojos verdadero dolor, verdadero arrepentimiento. Veía la mirada de aquel hombre del que se enamoró y el que le suplicaba que dejara a su entonces novio y le diera una oportunidad. Aquel hombre que se enfrentó a toda su familia por ella. Su incontrolable llanto, en un segundo se apagó. Su barbilla tocó su pecho. Jane dejó el arma sobre la mesa y puso sus dedos en el cuello de su esposo para comprobar su pulso.

Dick dio un cabezazo al rostro de Jane, y con la cuerda lo suficientemente floja por las sacudidas, sólo necesitó dar un tirón para liberar sus manos y propinarle un golpe en la mandíbula. Se levantó, tomó el arma de la mesa y la accionó tres veces.

– Otra vez, perra.

Cruzando el umbral de la puerta, no fue necesario voltear a ver. Ya no.

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comentarios
  1. AlexaPotter dice:

    Vas a tener tanto éxito cuando salga tu primer libro… Espero que no te olvides de mi cuando tengas tanta fama. Me fascino, creo que no existen palabras para describrir lo frustrante que fue leer el desarrollo y el final de la historia. Pero realmente me encantó. Sigue así, grandulón, llegarás lejos. ❤

    • riveros dice:

      Ey, gracias por leer y comentar, es mi primer relato “serio”, fuera de aquellos con motivación cómica o de crítica, como ‘Los caballeros…’ o ‘Se busca’, así que creo que ha resultado bien, he recibido pocas críticas negativas.
      Qué genial cómo te ha resultado la parte central y final de la historia, pues más o menos así la concebí. Incluso una amiga no quiso seguir leyendo, y confieso que eso me alegró un poco, jajaja.
      Saludos.

  2. ∂emigø∂~ dice:

    Hola, soy ∂emigø∂~, la chica de ask. Dios mío, escribes REALMENTE BIEN. Y no es un halago cualquiera, de estos que se dicen por decir, de estas palabras que simplemente son vibraciones de las cuerdas vocales. Yo nunca pronuncio esas palabras, porque es quitarles el significado. Realmente maravillas, espero que al leer los otros tres que me pasaste, me dejes igual de sorprendida o más. Besos ❤

    • riveros dice:

      Hola. Muchísimas gracias por tus palabras, eso me motiva a seguir escribiendo. Este fue el primer escrito que hice, y me alegra que te haya gustado. Espero que los demás también. Podrías darte una vuelta por el blog, hay otras publicaciones que no son relatos, sino otro tipo de escritos, sobre lo que pienso o siento. Hay incluso uno sobre HP.
      Saludos. Y gracias por leerme.

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